Habilidades como el cuidado, la cooperación o el respeto se aprenden en muchos casos mediante la observación o la participación en situaciones cotidianas. La maestra María Alejandra Gutiérrez propone algunas dinámicas para diseñar espacios en la escuela que ayuden al alumnado a desarrollar la inteligencia social de forma práctica.
Nuestros conocimientos actuales sobre el desarrollo infantil sugieren que la inteligencia social no solo se enseña, sino que también se diseña: los niños no aprenden a convivir escuchando una explicación sobre la empatía o completando una actividad sobre emociones, sino observando a los adultos, participando en conversaciones, resolviendo problemas y compartiendo experiencias. Además, crecen participando en dinámicas cotidianas donde el cuidado, la cooperación y el acompañamiento emocional forman parte de la vida diaria.
Si queremos formar personas capaces de colaborar, escuchar y construir relaciones respetuosas (algo fundamental en la actualidad) no basta con enseñar estas habilidades como contenidos, necesitamos diseñar entornos donde puedan vivirse. Pero, ¿cómo pueden las escuelas diseñar entornos donde realmente se desarrollen estas competencias? ¿Qué tipo de experiencias son necesarias para aprenderlas? No siempre se trata de crear grandes proyectos; muchas veces la inteligencia social se construye en pequeños momentos cotidianos. A continuación, explico algunos ejemplos que ayudan a trabajar la inteligencia social en el aula.
Diseñar espacios de conversación
Muchas veces dentro del aula seguimos un patrón muy claro: el docente pregunta, el estudiante responde y el docente continúa con esta respuesta. Sin embargo, cuando el alumnado tiene oportunidades reales y espacios de diálogo, escucha y opinión, se desarrollan habilidades sociales de gran impacto. Se puede introducir esta dinámica planteando algunas preguntas: ¿Qué opináis sobre el tema? ¿Alguien ha tenido alguna experiencia similar? ¿Cómo lo resolveríais vosotros? Mediante estas pequeñas conversaciones se fomenta una mayor interacción del alumnado con los contenidos y se aprende a escuchar perspectivas diferentes para así poder argumentar y respetar turnos.
Recuperar el valor del juego como espacio de aprendizaje social
El juego es uno de los primeros espacios donde los niños practican sus habilidades sociales: negocian reglas, esperan turnos, resuelven desacuerdos y colaboran para alcanzar un objetivo en común. Por eso, más que ver el juego cómo un descanso entre actividades académicas, se puede entender cómo un laboratorio natural de convivencia. Esto es muy común en Educación Infantil, pero para niveles superiores es posible diseñar dinámicas lúdicas en las que los estudiantes tengan que cooperar, tomar decisiones y construir algo juntos.
Convertir el conflicto en aprendizaje
Todos los grupos tienen desacuerdos, frustraciones o malos entendidos y la forma en la que los adultos acompañan estos momentos es clave para el desarrollo social. No se trata de resolver rápidamente el problema o imponer una solución; también podemos guiar algunas preguntas que fomenten la reflexión y aprendizaje: ¿Qué pasó desde tu punto de vista? ¿Cómo crees que se sintió la otra persona? ¿Qué podría ser diferente la próxima vez? Este tipo de acompañamiento permite que los estudiantes practiquen algo fundamental que también se trabaja en la crianza: la regulación emocional en compañía de otros.
Construir comunidades de aprendizaje
Uno de los aprendizajes más interesantes que aportan las experiencias de crianza colaborativa es que los niños crecen mejor cuando se sienten parte de una comunidad de cuidado. La escuela puede recrear algo similar fomentando dinámicas en las que los estudiantes se reconozcan como parte de un grupo y se apoyen mutuamente: actividades de trabajo en equipo, resolución de conflictos, celebración de logros colectivos, escucha en grupo… Mediante estos espacios los estudiantes no solo aprenden los contenidos, sino que también aprenden a convivir, cuidar y construir vínculos.
En definitiva, la inteligencia social no se construye de forma aislada ni en actividades ocasionales. Se forma en los pequeños momentos que se repiten todos los días: esperando el turno, resolviendo desacuerdos, sintiéndose escuchado o descubriendo lo que se puede lograr trabajando en grupo.
Fuente: educaciontrespuntocero.com
