Los errores son parte inherente de todo proceso de aprendizaje. El propio desarrollo humano, de hecho, es una continua muestra de resiliencia ante nuestros fracasos. Cuando un bebé balbucea su primera palabra, da sus primeros pasos o nombra erróneamente un objeto, no desiste por no haber conseguido realizarlo a la perfección, sino que lo intenta de nuevo, una y otra vez.
Con el tiempo, ese esfuerzo y práctica continuados darán sus frutos, mostrando una conducta cada vez más capaz y compleja. Y, aun así, se equivocará infinidad de veces a lo largo de su vida. La búsqueda de la perfección, por tanto, entendida como un enfoque vital que no deja margen para el error, es ir contra natura.
Niños que quieren ser perfectos
El término perfeccionismo se usa en psicología para hacer referencia a un rasgo de la personalidad caracterizado por la tendencia a imponerse (a uno mismo y a los demás) objetivos tan elevados que resultan imposibles de alcanzar.
Rasgos típicos de la personalidad del niño perfeccionista son la insatisfacción constante, incluso cuando se obtienen resultados excelentes; un terrible miedo a fracasar y a cometer errores, por insignificantes sean; y una feroz autocrítica que no da lugar a la autocompasión.
Paralelamente, el perfeccionismo también implica una serie de creencias sobre los demás, especialmente sobre las personas importantes para cada uno (familia, amigos, profesores…), a quienes se atribuye un listón altísimo y una mirada especialmente crítica.
Lejos de tratarse de un fenómeno que afecta solo a la población adulta, el perfeccionismo se forja durante la infancia y puede generar un gran malestar desde edades tempranas. Según datos de nuestros estudios en población española, uno de cada cuatro niños presenta niveles de perfeccionismo lo suficientemente altos como para considerarlos en riesgo. Estos niños altamente perfeccionistas manifiestan mayores problemas de adaptación en comparación con sus compañeros con niveles de perfeccionismo bajo o moderado.
Una exigencia que aumenta la vulnerabilidad
Hablamos del perfeccionismo en términos de riesgo porque se trata de un factor “transdiagnóstico”. Es decir, un rasgo que está vinculado a múltiples trastornos mentales como la ansiedad, la depresión, la bulimia o la anorexia nerviosa, el trastorno obsesivo compulsivo, entre muchas otras enfermedades mentales. Aunque, afortunadamente, no todos los niños perfeccionistas tienen por qué desarrollar estos problemas (ya sea durante su infancia o en etapas posteriores), sí que son mucho más vulnerables.
Así, la evidencia científica contrasta con la creencia común de que el perfeccionismo es una faceta positiva y deseable. Quizás, esto se deba a que tendemos a confundirlo con la búsqueda de lo excelente, es decir, apuntar y esforzarse por alcanzar metas muy altas, pero asequibles, sin miedo a equivocarse. Sin embargo, la línea que separa el perfeccionismo de la búsqueda de la excelencia, aunque delgada, existe y, de hecho, puede medirse objetivamente.
¿Cuándo debemos preocuparnos?
Cuando tengamos sospecha de que un niño puede ser perfeccionista, debemos prestar especial atención a sus reacciones cuando se equivoca: cuando el maestro le ha preguntado en clase y él no ha sabido responder, cuándo no ha sacado la máxima nota o ha quedado segundo en alguna competición, etc.
Reacciones frecuentes y claramente desproporcionadas, como llorar desconsoladamente, enfadarse muchísimo o algún otro comportamiento fuera de lo común, debería ponernos sobre alerta. Así pues, es el miedo a los errores, a la imperfección un punto de inflexión importante entre buscar la excelencia y ser perfeccionista. Mientras los niños que buscan la excelencia pueden sentirse decepcionados o heridos ante los fracasos, los perfeccionistas se sienten potencialmente devastados por sus propios errores.
¿Qué empuja a un niño a ser perfeccionista?
La mayoría de las investigaciones en busca de respuestas acerca de las causas del perfeccionismo han puesto el foco en factores que tienen que ver con la familia. Pueden contribuir estilos de crianza autoritarios altamente críticos con los errores de los hijos o que proyectan unas expectativas extremadamente altas, padres que también son perfeccionistas y transmiten esas tendencias a sus hijos por imitación o familias muy sobreprotectoras que se preocupan excesivamente por el bienestar y la seguridad.
Sin embargo, existen muchos otros factores que también podrían explicar por qué un niño es perfeccionista, como, por ejemplo, comportamientos genéticamente heredados, incluyendo el propio temperamento del niño.
El resto de los entornos en los que participan los menores también tienen mucho que decir al respecto (la escuela, las actividades extraescolares, su círculo de amistades…), así como las propias dinámicas sociales, cada vez más marcadas por la hipercompetitividad y una delirante necesidad de éxito.
Un rayo de esperanza
En una investigación reciente hemos analizado la eficacia de los tratamientos sobre el perfeccionismo en niños o adolescentes. La mayoría de estas intervenciones se basaban en los principios de la terapia cognitivo–conductual que trata de hacer entender a las personas cómo sus pensamientos influyen en sus emociones y en su manera de actuar, ofreciéndoles recursos para modificar su sistema de creencias y su repertorio de conductas.
Nuestros resultados evidenciaron que estas intervenciones sí funcionan, pero su impacto es pequeño. El perfeccionismo es un rasgo de la personalidad terriblemente persistente, como hemos podido comprobar en nuestro estudio, incluso durante la infancia y la adolescencia. Por eso, es necesario prevenir, desde la niñez temprana, que estos deseos de perfección arraiguen.
Un esfuerzo total es una victoria completa
Con frecuencia, los padres solemos transmitir a nuestros hijos que todo esfuerzo tiene su resultado. Pero, tarde o temprano, las vicisitudes de la vida les demostrarán que esto no es cierto, puesto que los resultados de nuestros esfuerzos no siempre dependen de nosotros. Máximas como “El que la sigue, la consigue” hacen referencia al esfuerzo como un medio para alcanzar un determinado objetivo, pero no como el fin en sí mismo.
Pero si los niños asimilan desde el principio que lo verdaderamente importante es intentarlo, que esforzarse tiene valor por sí solo, independientemente de que logremos o no nuestro objetivo, será más posible para ellos entender la excelencia no como la ausencia de errores, sino como la capacidad de aprender y mejorar con cada uno de ellos.
Fuente: Maria Vicent Juan / theconversation.com
